Nuevos Creyentes: Principios bíblicos

Instrucciones para nuevos cristianos

Grandes principios bíblicos para la vida cristiana

Nosotros damos por entendido que los que estudian este libro ya han comenzado la vida cristiana con toda sinceridad y que han aceptado de todo corazón tanto las ordenanzas de la iglesia como también las demás enseñanzas bíblicas que hemos estudiado. Sin embargo, lo cierto es que todavía hay muchas cosas que deben conocer.

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Landis – Por sus Frutos los conoceréis

POR SUS FRUTOS LOS CONOCERÉIS

Falsos profetas en la grey

Usted puede conocer un árbol frutal por los frutos que produce. Muy fácil, ¿verdad? Es como dice la Biblia en Mateo 7.16: Por los frutos los conoceréis. De la misma manera, usted puede conocer el corazón de una persona por las obras que hace. Esto no es tan fácil, pero se aplica en la misma forma al corazón humano como al árbol frutal.

Luís Sánchez conocía bien tanto las nueces como los árboles de nueces. Desde hacía treinta años los cultivaba en el valle Shenandoah de Virginia, EE.UU. Por medio de injertos, él mismo había desarrollado nuevas variedades. Para poder hacer esto, seleccionaba los mejores tallos de los diferentes árboles, y con mucho cuidado los injertaba a troncos ya de antemano preparados. Satisfecho veía crecer esos nuevos tallos hasta que, finalmente, se hacían árboles llenos de nueces.

Pero Luis Sánchez nunca decidía propagar o producir una nueva variedad juzgando solo por el árbol. Más bien los juzgaba a cada uno por la calidad y la cantidad de frutos que producía.  Después de haber sacado de la cáscara la sabrosa nuez, todavía la pesaba aparte y hacía un porcentaje comparando la cantidad de nuez con las cáscaras. A base de todo esto, escogía las mejores variedades.

Así también usted, igual que Luís, juzga y evalúa todo árbol frutal por sus frutos: las ricas papayas, las dulces naranjas, las deliciosas cerezas, los jugosos mangos. Siempre son los frutos los que llaman la atención.

Y así es en su vida espiritual: son los frutos los que valen. ¿Qué, pues, son los frutos espirituales? Son las buenas obras que usted hace; no sus buenas intenciones ni su fe que no se puede ver. Las espontáneas y visibles acciones que usted hace, a ésas me refiero.

¿Cuáles son las acciones que usted recuerda todas las noches cuando está para acostarse?  ¿Son actos bondadosos, cuidadosos, sanos y puros? ¿O saben a egoísmo, impureza, codicia, e impaciencia? ¿Le cuesta decidir qué clase son? Hagamos las preguntas de otra manera.  Cuando usted examina la vida de otros, ¿qué clase de acciones encuentra en ella? ¿Es verdaderamente tan difícil saber si los hechos de otros son buenos o malos? Probable que no.

Ahora, ¿qué clase de frutos ven otros en usted cuando ellos le examinan? 0 más importante, ¿qué dirá Jesús cuando Él examine sus actos? ¿Encontrará los frutos de su vida podridos, llenos de gusanos, sin sabor o pura cáscara? ¿Puede usted imaginar las acciones suyas en las manos del Maestro? ¿Serán como frutos escogidos, de buen gusto, y abundantes? La respuesta es muy importante, porque Jesús enseñó: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7.20).

Jesús quiso que supiéramos que Él juzgara a todo hombre por sus obras. Las obras muestran lo que hay en el corazón. Además, Jesús dijo:  “Por sus frutos los conoceréis”, porque quiso que nosotros supiéramos juzgar los corazones de los demás por sus acciones. Este pasaje hace énfasis especialmente en que sepamos distinguir entre los profetas verdaderos y los profetas falsos. Jesús explicó que el fruto que el hombre produce revela qué clase de maestro él es. Jesús no enseñaba que él mismo podía discernir la fe del invisible corazón, aunque claro que sí, puede. Lo que Él decía significa que hombres como usted y yo podemos evaluar por las acciones la invisible creencia de otros.

Por lo tanto, debemos tener nuestros ojos abiertos para cerciorarnos si lo que otros dicen concuerda con lo que hacen. Pero no dejemos nosotros de hacer buenos frutos por estar juzgando los frutos de los demás. Tampoco pensemos en hacer muchas buenas obras para disfrazar un corazón malo o cubrir acciones malas. Eso de nada servirá; las uvas no crecen en arbustos espinosos, ni los higos en los abrojos.

Usted necesita el tronco correcto para poder dar frutos buenos. Por lo tanto, si su vida es estéril o produce malos frutos, deje que Jesucristo lo purifique ahora mismo. Usted verá luego los hermosos frutos brotar de los tiernos retoños de su vida. El resultado natural será buenas obras, las que Jesús llamó buenos frutos.

No debemos esconder esos frutos. En Mateo 5.16, Jesús dijo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” Todo el mundo espera ver buenas obras en la vida de los cristianos. Todos también juzgan la falta de fe en otros por sus obras malas.

Y así los cristianos pueden juzgar a los hombres de la misma manera. Hechos malos quiere decir un corazón malo, no importa lo que diga con su boca. ¿Por qué? Porque el mismo Jesús enseñó esta simple verdad, tomando ejemplo de la naturaleza: “Por sus frutos los conoceréis”.

—Santiago Landis

Goforth – Un Pentecostés personal

Goforth – Un Pentecostés personal

–Jonatán Goforth

A mi regreso a la China, en el año de 1901, después de recuperarme de los efectos de la rebelión Bóxer, empecé a experimentar una creciente insatisfacción por los resultados de mi trabajo. En mis primeros años de trabajo misionero, me había sostenido con la seguridad de que la siembra siempre antecede a la cosecha; por lo tanto, yo había estado satisfecho en mantener una aparente lucha vana. Pero ahora, habían pasado 13 años y la cosecha se veía más lejos que nunca.

Yo estaba seguro de que había algo más grande frente a mí; pero, me faltaba tener la visión de su realidad y la fe para tomarla. Constantemente volvían a mi mente las palabras del Maestro: “De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará…”. (Juan 14:12)  Y siempre con profundo dolor, me daba cuenta que lo poco que yo realizaba año tras año, no era equivalente a esas “mayores obras”.

Intranquilo e insatisfecho, fui movido a estudiar más extensamente las Santas Escrituras. Cada pasaje que tuviera alguna relación con el precio que habría de pagar o el camino de acceso para obtener poder, llegó a ser como mí vida y como mi misma respiración. Había un buen número de libros sobre avivamiento en mí biblioteca. Los leí varias veces. Llegó a obsesionarme tanto esto, que mi esposa empezó a dudar si podría soportarlo mi mente. De gran inspiración me fueron los informes de los avivamientos en Gales en el período de 1904 y 1905. Ya se veía claramente: ¡El avivamiento no era una cosa del pasado! Paulatinamente empecé a darme cuenta de qué me estaba acercando a una mina de posibilidades infinitas.

A fines del otoño de 1905, un amigo de la India me envió un pequeño folleto de Eddy, el que contenía selecciones del libro “Autobiografía de Carlos Finney y Discursos Sobre el Avivamiento”.  Esto fue lo último que ocupé para que un gran fuego espiritual se encendiera en mí corazón.

En la portada de ese folleto estaba escrita esta expresión: “qué era lo mismo que un agricultor orara por una cosecha de temporada, sin cumplir con las leyes naturales, a que un cristiano esperara una gran cosecha de almas, simplemente pidiendo, sin molestarse por cumplir las leyes que gobiernan la cosecha espiritual”. Hice un voto: “Si Finney está en lo correcto, entonces yo voy a encontrar cuáles son esas leyes y obedecerlas, sin importar el costo”.

A principios de 1907, un hermano misionero me había prestado la “Autobiografía Completa de Finney”, la que yo iba leyendo durante mi viaje para participar en una intensa obra evangelística, que nuestra misión conducía anualmente en la feria de Hsun Hsien, feria que era grandemente idólatra. Es para mí imposible determinar todo lo que este libro significó para mí. Nosotros, los misioneros leíamos diariamente una porción, mientras hacíamos nuestro trabajo en la feria.

Fue en esa feria donde yo empecé a ver evidencia de que un poder mayor estaba comenzando a agitar los corazones de las personas. Un día mientras predicaba sobre I Timoteo 1:1-7, muchos parecían estar profundamente tocados. A un evangelista que estaba detrás de mí se le escuchó decir con reverente susurro: —¡A esta gente se les tocan sus corazones, al igual que el día de Pentecostés, cuando escuchaban a Pedro!

Esa misma noche en uno de nuestros locales, los que habíamos alquilado, hablé a una audiencia que llenaba completamente el edificio. El mensaje estuvo basado en 1 Pedro 2:24 “Quien llevó, Él mismo, nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”. La convicción de sus pecados parecía dibujarse en cada uno de los rostros. Finalmente, cuando hice la invitación para que se decidieran por Cristo, toda la audiencia se levantó como un solo hombre, llorando y diciendo: —¡Queremos seguir a este Jesús, quien murió por nosotros!—  Yo pensaba que uno de los evangelistas estaría listo para tomar mi lugar, pero para mi sorpresa cuando volteé, encontré a todos ellos, diez en total, parados, sin movimiento, mirando maravillados.

Dejando a uno de ellos para que se encargara de la reunión, los otros y yo fuimos a un cuarto, del interior del local, a orar. Durante algunos minutos hubo un silencio completo. Todos parecían estar demasiado sobrecogidos para poder decir algo. Por fin, uno de los evangelistas, con voz entrecortada, dijo:

—Hermanos, Aquél, por quién hemos orado tanto tiempo que viniese, estuvo verdaderamente esta noche con nosotros. Pero asegurémonos que vamos a retener Su presencia, debemos caminar muy cuidadosamente.

Apenas habían pasado unos cuantos meses después de esto, cuando el mundo religioso fue electrizado por la maravillosa historia del avivamiento en Corea. El secretario de misiones extranjeras de nuestra iglesia, el Dr. R. P. MacKay, quien estaba visitando la China en aquel entonces, me pidió que lo acompañara a Corea. No necesito mencionar cuánto me gocé en esta gran oportunidad.

El movimiento coreano fue de un significado incalculable para mí vida, porque me mostró de primera mano las posibilidades ilimitadas del método a seguir para el avivamiento.

Una cosa es leer libros acerca de los avivamientos, pero ser testigos personales de este acontecimiento y sentir el ambiente en nuestro propio corazón, es una cosa completamente diferente.

Corea me hizo sentir, como se lo hizo sentir a otros, que el avivamiento era el plan de Dios para poner al mundo en las llamas del fuego del Espíritu.